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Episodio 0: El encargo de Eevee

¿Tienes curiosidad por saber qué le sucede al gran Detective Pikachu antes del comienzo del videojuego? Puedes resolver tus dudas con el relato Detective Pikachu – Episodio 0: El encargo de Eevee.

Detective Pikachu – Episodio 0: El encargo de Eevee

Soy el gran detective Pikachu y vivo en Ryme City, una bulliciosa ciudad en la que conviven multitud de humanos y Pokémon.

Algo que me agrada de los lugares con tanta población es que se puede degustar comida de lo más deliciosa, y no solo eso, ¡sino que uno tiene al alcance de la mano toda suerte de cafés de la mejor calidad!

Por si todas estas razones no fueran suficientes para amar esta ciudad, ¡también es posible conocer a una gran variedad de humanos y Pokémon!

Sin embargo, no es oro todo lo que reluce: como la población es numerosa, por desgracia a veces se cometen delitos que lo sumen a uno en la tristeza.

Allá donde hay luz, siempre habrá sombras, como si fueran gemelos inseparables. Algo que he llegado a comprender tras pasar una larga temporada aquí es que la diosa fortuna no siempre te sonríe.

Aun así, y tras hacer balance de lo bueno y lo malo, sigo opinando que esta ciudad me gusta.

Sueno un poco apesadumbrado porque el que fuera mi compañero de aventuras, Harry Goodman, se encuentra en paradero desconocido desde hace unos meses tras un accidente que sufrimos durante la investigación de un caso.

Mike Baker, compañero de Harry y también detective de profesión, se apiadó de mi situación y me permitió quedarme en su agencia de detectives.

Mi ocupación hoy en día consiste en hallar indicios en esta enorme ciudad sobre el paradero de mi compañero Harry, para que así podamos retomar nuestras labores detectivescas.

Aunque pudiera parecer harto complicado que un Pokémon como yo recabe información y pistas útiles, cuento con un don especial, a diferencia de otros Pokémon, gracias al cual albergo la esperanza de resolver este caso: no solo soy capaz de comunicarme con otros Pokémon, ¡sino que también puedo entender lo que dicen los humanos a la perfección! De ahí que considere que podría llegar a solucionar este caso obteniendo todo tipo de información, tanto de Pokémon como de humanos.

Sin embargo, me he topado con cierto problema…

Aunque comprenda lo que dicen los humanos, estos no tienen la más mínima idea de lo que yo digo; deben de oír solo “pika, pika”. Por mucho que quiera conversar con ellos, no me queda más remedio que conformarme con escuchar lo que dicen. Me pregunto si existirá alguien con quien me pudiera comunicar, ¡me vendría como agua de mayo!

En fin, creo que ya os he hablado suficiente de mí. Os voy a presentar a los Pokémon y humanos con los que trato a diario en la agencia de detectives Baker.

Empecemos por Mike Baker, el director de dicha agencia: al igual que los demás humanos, me trata como si fuera un simple Pokémon, así que está claro que no se le pasaría jamás por la cabeza que mis dotes como detective sean excelsas. ¡Él se lo pierde!

El hecho de que fuera compañero de Harry habla por sí solo: es todo un profesional. No tanto como yo, pero muy bueno en lo que hace.

Pasemos a Amanda Blackstone, la capaz secretaria de la agencia: tan solo diré que, aunque aparente ser muy tranquila y sosegada, la realidad es muy diferente.

Fletchling es la compañera Pokémon de Amanda. Suele traerle las cartas y el periódico e incluso a veces sale a hacer pequeños recados. Para tratarse de un Pokémon pájaro, es bastante inteligente.

Por último tenemos a Accelgor, el compañero del señor Baker, un Pokémon tímido donde los haya. Está siempre en la oficina, aunque oculto a la vista de todos.

Vaya, parece que el señor Baker y Amanda están hablando de algo. Voy a prestar atención un momento a ver si me entero de lo que están diciendo y ahora os cuento en qué quedó el tema…

—Amanda, ¿cómo está mi agenda hoy? —preguntó el señor Baker. —A las once vendrá a hablar con usted el inspector Holiday. No se trata de un caso urgente, sino de un simple intercambio de información, o eso me dijo al menos. A las tres viene…

—Por cierto, ¿no se supone que es hoy cuando llega el hijo de Harry? —la interrumpió el señor Baker.

—Así es. Como le estaba diciendo, a las tres vendrá Tim a la oficina. Ya se puede imaginar lo preocupado que está —terminó de explicar ella pacientemente.

—Claro. Yo mismo he estado investigando el caso de Harry e intentaré compartir con Tim la información que no sea comprometida —dijo de pasada Mike, pensando para sus adentros.

Según la conversación, Tim, el hijo de Harry, va a venir a la oficina… Quizá el chaval me sirva para obtener alguna pista. Blanco y en botella: no debo olvidar la hora programada de la visita, las tres de la tarde.

Tengo mucha curiosidad por saber cómo es el hijo de mi querido compañero. Lo que sí sé con certeza es que tendremos algo en común: ambos queremos dar con su padre.

Perdón por irme por las ramas, pero es que he encontrado algo que está para chuparse los dedos; tiene la textura de una galleta y se nota que la masa lleva mucha mantequilla. Si la confitura que lleva en el interior no fuera tan dulce, yo creo que estaríamos hablando de la perfección hecha galleta, pero vaya, se le acerca. —¡Pikachu! ¡Eso es para los clientes!

¡Amanda me ha pillado con las manos en la caja de galletas, digo en la masa!

—Pika, pikaaa, ¡pika, pika! (“¡No me tires de las orejas! ¡Suéltame! ¡Me haces daño! ¡Por favooor!”).

Espero que no os haya sorprendido esta escena, pero no hay de qué preocuparse; no es la primera ni será la última vez que suceda.

Aunque yo no le dé mayor importancia, juraría que desde que conocí a Amanda se me han alargado las orejas de tantos tirones.

Nada más bajar las escaleras y salir de la agencia se encuentra el Hi-Hat Café, mi lugar favorito para descansar y adonde voy todos los días a tomar café. Allí trabajan Pablo Millán y Ludicolo. Os los presentaré.

Pablo es el propietario de la cafetería, aunque antes solía ganarse la vida como músico de jazz. Yo creo que es un genio.

Ludicolo es una camarera Pokémon muy alegre y afable que le echa una mano en el local. Como nota adicional diré que le encanta bailar.

Últimamente me he convertido en un cliente habitual y me siento siempre en el mismo sitio a disfrutar del café en silencio. Además, Pablo es tan buena gente que no se le ocurre cobrar a un Pokémon.

La mezcla especial de Hi-Hat que prepara Pablo es una maravilla y, si por mí fuera, erigiría una estatua en su nombre. No solo elige el grano de café ideal, sino que lo tuesta hasta el punto idóneo y tritura la cantidad perfecta, ¡como si hiciera magia!

¡Puede que antes fuera un músico con mucho talento, pero me alegro de que ahora se haya vuelto un artista del café!

Bueno, después de esta pausa, ¿qué tal si os enseño el lugar donde trabajo?

Os doy la bienvenida a mi oficina, aunque la he montado deprisa y corriendo, de ahí que esté todo patas arriba. ¡Pero no os fieis de las apariencias!

Si aún os preguntáis qué clase de tareas llevo a cabo es que no habéis prestado mucha atención a lo que he dicho hasta ahora. Soy detective. El gran detective Pikachu.

El señor Baker no sabe de lo que soy capaz, así que no voy a oler trabajo si me quedo en su oficina. Como lo último que quiero es perder este toque magistral, he decidido ofrecer mis servicios a los Pokémon que los requieran. De hecho, puede que a través de los casos que acepte consiga más información sobre la ciudad y, quién sabe, alguna de las peticiones que me hagan quizá guarde relación con el paradero de Harry.

En una ciudad tan grande como esta, los Pokémon también tienen toda suerte de problemas que afrontar, al igual que los humanos. De hecho, ¡aquí llega mi primer cliente del día!

Este Eevee, por ejemplo, ha venido preguntando por un “manitas” que se encargue de cualquier cosa. Pero bueno, ¿qué se creen los Pokémon de esta ciudad que soy? ¿Un fontanero? ¡Esto es una agencia de detectives profesional!

Está claro que no saben qué significa ni “detective” ni “investigación”, pero, en fin, escuchemos qué quiere este Eevee.

Según me relata, vive en la mansión de un humano rico y no le falta de nada. Hace poco, su Entrenador eligió llevarse de crucero a Ninetales de entre todos los Pokémon con los que vive.

Para los acontecimientos más distinguidos prefiere que le acompañe el elegante Ninetales, mientras que a los eventos más corrientes lleva a Eevee, adorado por todos. En esta ciudad, este comportamiento es más común de lo que parece.

Mientras su Entrenador disfruta de las vacaciones, Eevee se ha quedado a cargo del cuidado de la mansión, y he aquí su preocupación: alguien se ha dedicado a excavar agujeros en el jardín y lo ha dejado hecho unos zorros. Quiere que adecente la zona y, además, dé con el culpable.

Poco me importa que hayan destrozado el jardín de un ricachón, pero no puedo rechazar la petición de un Pokémon. Al fin y al cabo, acabo de abrir esta agencia y mi lema reza “Confía en el detective más perspikachu”. He aquí el relato de cómo se desarrolló el caso de mi primer cliente. Eevee me guio hasta la susodicha mansión, que colinda con un parque público. ¡Y vaya señora mansión! Construida en ladrillo, con al menos cinco habitaciones… Y no hablemos del jardín, del tamaño de, mínimo, seis pistas de tenis, césped bien cuidado con enormes árboles y, en un lateral, un bello lago.

Tras fijarme bien en el jardín, vi que Eevee no exageraba cuando dijo que lo habían destrozado: habían removido la tierra en varios lugares y excavado unos agujeros de lo más extraños.

“Si no me falla la vista, hay siete agujeros en total y deben de tener una circunferencia aproximada de 30 cm”, pensé para mis adentros.

—¿A que es terrible cómo han dejado el jardín? ¿Te importaría adecentarlo de nuevo? —me espetó Eevee—. Mi entrenador me dejó a cargo de la mansión y se pondrá triste si la encuentra en este estado…

“Aún no se ha enterado bien de en qué consiste mi trabajo”, pensé yo.

—De eso os tendréis que encargar los Pokémon que vivís en esta mansión —le respondí airado—. Mi tarea consiste en atrapar al culpable y evitar que vuelva a realizar tal fechoría.

—Ah, vaya… Bueno, en ese caso nosotros nos ocuparemos de este desastre, pero tú encárgate de atrapar al responsable, “manitas” —replicó Eevee con cara inocente.

Pfff, que se acordara del nombre de mi agencia sería imposible, y eso es algo que hay que tener en mente al conversar con un Pokémon: no se le pueden pedir peras al olmo.

—Tranquilo, que yo me encargo de lo mío. Ya sabes: zapatero a tus zapatos —dije, intentando atajar tan infructuosa conversación.

—¿Zapatero? —preguntó extrañado Eevee.

—Mejor olvídalo… —suspiré frustrado mientras me daba la vuelta para ir a inspeccionar el lugar de los hechos.

Me acerqué al agujero más grande y me agaché para otear el interior. Estaba tan oscuro que a punto estuve de desistir, pero a medida que mi vista se acostumbraba a la oscuridad, logré discernir al fondo del agujero lo que parecían ser túneles. De hecho, de uno de ellos brotaba algo de luz y me permitió ver la estructura que conformaban.

—¿Eh? ¿Quién anda ahí? —grité sorprendido tras ver la silueta de un Pokémon escabullirse por uno de los túneles.

Justo en ese instante perdí el equilibrio y caí en picado por la oscura infinidad del agujero… Vale, eso es un poco exagerado; en realidad, me quedé atascado boca abajo en medio del agujero, lo cual tuve que agradecer (¿o no?) a mi curva de la felicidad. Por una parte me alegré de no haberme dado de bruces contra el suelo, ¡pero no podía quedarme en esa posición o me bajaría toda la sangre a la cabeza!

En ese momento no me quedó más remedio que olvidarme de aquella silueta que vi furtivamente, tragarme mi orgullo y pedir auxilio.

Tras unos minutos que se hicieron eternos, alguien debió de escuchar mis gritos de socorro, me agarró de una pata y me sacó del agujero. “¡Menos mal!”, pensé, pero poco después perdí el conocimiento. Cuando volví en mí y abrí los ojos estaba tumbado en el suelo, tirado cual saco de patatas.

—Ay, ¡me duele todo! Te agradezco mucho la ayuda, pero podrías haberle puesto algo más de cuidado —dije, con el rostro torcido por el dolor.

—Lo siento, soy un poco torpe —me respondió una voz apenas perceptible.

Al principio pensé que estaba hablando con un árbol, pero luego me percaté de que había un rostro debajo del tronco. ¡Era un Pokémon! Nunca antes había visto uno igual.

Tras recuperar la compostura me fijé en su apariencia: cortas y robustas patas, un duro caparazón sobre el cual crecía un gran árbol… ¡y se podía mover!

—¿Eres tú quien me ha ayudado? —le pregunté incrédulo—. Eres un Pokémon, ¿no?

—Así es. Me llamo Torterra… —me respondió con parsimonia.

—Yo soy Pikachu. Supongo que me habrás agarrado con la boca para sacarme del agujero. Gracias de nuevo.

—Es normal ofrecer ayuda… si alguien la necesita. Qué cansancio. Tengo mucha sed… —murmuró escuetamente, tras lo cual se dirigió sin prisa en dirección al lago.

—¿A qué viene tanto jaleo? —preguntó un Pokémon sacando la cabeza por un agujero.

¿Era el que había desaparecido por el túnel? Sí, y se trataba de un Drilbur, capaz de perforar el suelo a gran velocidad.

—Oye, ¿no serás tú el que ha llenado de agujeros el jardín? —le pregunté sin pensármelo dos veces.

—¡Oh, no! Lo siento, de verdad que no ha sido a propósito —contestó, visiblemente compungido tras mirar a su alrededor y percatarse del estropicio.

Debía de estar tan concentrado excavando que no se percató de los agujeros que dejaba tras de sí.

Tras hacer algunas preguntas a Drilbur, logré sacar en claro que se pasaba por el jardín de vez en cuando para comer bayas, y que el día anterior se había dado un buen festín. Sin embargo, le sobró un buen puñado de bayas y quiso guardárselas para el día siguiente, pero, sin atreverse a dejarlas a la vista de cualquiera por temor a que se las robaran, decidió esconderlas bajo tierra. Usó un árbol para guiarse y recordar el lugar exacto donde las había enterrado, pero al pasarse de nuevo por el jardín para el almuerzo al día siguiente, no fue capaz de dar con él.

—Así es. Llevo buscando el árbol desde primera hora de la mañana y, como no lo encontraba, decidí excavar a los pies de todos. Al estar tan enfrascado en la búsqueda, se me olvidó por completo tapar los agujeros —se disculpó.

—Bueno, encárgate de devolver el jardín a su estado original y problema resuelto. Ahora bien, que un árbol desaparezca… —dije extrañado.

De repente se hizo un extraño silencio y noté como Drilbur me taladraba con la mirada. Su rostro denotaba sorpresa. ¿Quizá se había acordado de algo?

—Oye, ¿no serás por casualidad ese famoso “manitas” que está en boca de todos últimamente? Por favor, tienes que dar con mis bayas —me suplicó.

Cuando recordé cuán fútil había resultado intentar que Eevee no me llamara “manitas”, decidí no corregir a Drilbur y, en cambio, le pregunté dónde había enterrado las bayas.

—Asomé la cabeza por el agujero, vi un árbol y decidí excavar cerca de su base; es allí donde consideré que las bayas estarían a salvo —me explicó.

—¿Podrías decirme cuándo ocurrió esto?

—Ayer por la noche —respondió sin titubear.

En las copas de estos árboles suelen descansar Pokémon pájaro, entre ellos Pidove, Starly o Rowlet, así que procedí a interrogarlos acerca de los sucesos de la noche anterior.

Los Pidove, con la mala memoria que tienen, no se acordaban de los hechos del día anterior, mientras que los Starly aseveraron haber pasado la noche en el parque cercano. Con el corazón encogido por tratarse de mi última posibilidad, fui a preguntar al único Rowlet del jardín, pues son de hábitos nocturnos y ven a la perfección en la oscuridad. Quizá hubiera presenciado algo.

No se mostró muy satisfecho, pues era de día y se encontraba un tanto adormilado.

—Siento molestarte, pero te quería preguntar si viste algo extraño ayer por la noche en el jardín —le pregunté con educación.

—¿Ayer por la noche? Ahora que lo mencionas, sí hubo algo que me llamó la atención nada más terminar la cena —me confesó—. Un pequeño montículo apareció en el jardín y se fue alargando y alejando poco a poco hasta llegar al lago. Como yo tenía el buche bien lleno y no tenía nada que ver conmigo decidí cerrar los ojos y… he echado una cabezada hasta ahora —me confesó tan pancho.

Era hora de que me detuviera a pensar en todas las pistas y los testimonios que había recabado hasta el momento. A ver, el jardín de la mansión en tal estado, el Drilbur y sus frecuentes visitas, el testimonio de Rowlet… ¡Lo sabía! Si es que soy el más perspikachu…

Lo que Rowlet vio fue como un montículo de tierra sobresalía del suelo cerca de un árbol, supuestamente Drilbur enterrando las bayas. Es decir, que el árbol desaparecido…

Le pedí a Drilbur que me acompañara hasta donde se encontraba Torterra, a orillas del lago.

—Oye, Torterra, ¿sueles venir a beber agua aquí? —le pregunté—. ¿Y también duermes por esta zona?

—¿Cómo lo sabes?… Apenas nos hemos conocido hoy… Pero sí, por la noche tengo sed… Por eso duermo aquí cerca… —respondió estupefacto. —Si no me falla la intuición, tus bayas deberían de estar escondidas aquí debajo. Prueba a excavar en este lugar —le insté al sorprendido Drilbur.

Ni corto ni perezoso, se puso garras a la obra y, tras unos instantes, tachán: ¡descubrió las bayas!

—¡Sorprendente! Pero si no hay ningún árbol alrededor, ¿cómo sabías que las bayas estarían aquí? —quiso saber Drilbur.

Apunté con el dedo al lomo del Torterra. Drilbur alzó la mirada hasta el lugar que le indiqué y finalmente comprendió que había confundido al Pokémon con un árbol.

—Por la noche, mientras está dormido y quieto, es comprensible que lo confundieras con un árbol, pero durante el día se mueve de lugar en busca de comida y rayos solares, de ahí que ya no pudieras encontrar el lugar en el cual enterraste las bayas —le expliqué pacientemente a Drilbur, que me dio las gracias varias veces.

Luego me acerqué hasta la mansión, donde Eevee estaba descansando, para relatarle lo sucedido.

—¿Así que fue Drilbur quien excavó todos esos agujeros? Sea como fuere, todos los Pokémon pondremos nuestro granito de arena para que el jardín quede como nuevo. Pikachu, te estoy muy agradecido por haber resuelto este problema, y querría darte algo como recompensa —dijo Eevee, con una notable cara de alivio.

—Acabo de abrir mi agencia, así que no hace falta que pagues nada; considéralo parte de una campaña para captar clientes —respondí yo. —¡Qué bien! Les haré saber a todos los Pokémon que pueden contar con el “manitas” Pikachu, ¡un as donde los haya!

Resignado tras oír de nuevo ese “manitas”, sonreí al alegre Eevee y abandoné la mansión. “Lo que daría por una investigación con más chicha y no estos acertijos para novatos… Quiero resolver un crimen épico y atrapar a humanos malvados”, suspiré, sin saber que en tan solo unos momentos me embarcaría en una gran aventura.

“Aún queda algo de tiempo hasta que Tim se pase por la oficina, así que voy a quedarme sentado en este banco para pasar el rato”, pensé mientras empezaba a cerrar los ojos, arrullado por el monótono ruido de los coches...


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